Por Fiorella Zárate
Los
gritos desesperados de auxilio resuenan sin falta en la avenida Venezuela N°
1004 de Asunción, cada vez que el reloj marca las 07:00 pm. Cuando el horario
de visitas termina y los familiares regresan a sus casas, dejando atrás el
mustio edificio, los internos ven venir la peor parte de su día.
Para
los vecinos del hospital psiquiátrico, son gritos ahogados por la costumbre;
habituados a los lamentos, ya no los oyen y actúan indiferentes ante las
inhumanas condiciones en las que, a pocos metros, coexisten los pacientes
agudos y crónicos del único hospital mental público del país.
—Es
un lugar en el que vas para destruirte y empeorar —sostiene Alex Gallagher, un
joven diagnosticado con trastorno límite de la personalidad, que recuerda los 3
días y las 2 noches que pasó en el psiquiátrico como los más repulsivos y
traumáticos de su vida.
Repasa
en su mente la interminable danza de cucarachas que no le dejaban dormir en las
paredes del repugnante calabozo.
—Había
tantas que me cuesta recordar el color de la pared.
Aquellos
días de finales de enero de 2021, una fría cama de concreto fue el único cobijo
ante restos de desperdicio humano embarrados a lo largo del suelo. El aire nauseabundo
hacía la estancia más difícil, pero lo verdaderamente macabro fue el brutal
trato de los encargados, su falta de humanidad.
El
inhóspito cuarto de hospital no solo albergó a Alex, fueron muchas personas las
que pasaron por aquella celda que los médicos y enfermeros llaman sala de
contención.
La
mujer joven, que prefiere mantenerse anónima aferrándose a la poca dignidad que
no pudieron quitarle en aquella clínica, no olvida los manoseos a su cuerpo y
honra a los fue sometida.
—Sabía
que pelearme con los encargados o exigir algo en ese lugar era para peor —dice
la mujer con trastorno bipolar—. Gritaba exigiendo salir y me resistía con todo
mi cuerpo, haciendo peso muerto mientras me llevaban 3 enfermeros; perdí el
control de mi vejiga y uno de ellos me dijo: “me orinaste todo, loquita” para
después manosearme.
El
opresivo sentimiento de injusticia, rabia e indignación perdura en ella hasta
hoy.
Recuerda
que al escuchar esas palabras sintió mucha impotencia y rendición.
—Ya
no sentí tristeza, ya no sentí ira, ya no sentí nada— expresa la mujer al
rememorar la traumática experiencia.
Al
igual que los vecinos, las autoridades no oyen, o fingen no escuchar, las
terribles historias. El director del centro asistencial. El Dr. Aldo
Castiglioni, desentendido de las denuncias de abuso por parte del personal del
hospital, culpó de la mala atención a la precariedad de los insumos, la falta
de infraestructura y al abandono de los últimos gobiernos. Admite la calidad
deficiente, pero niega toda culpa, dejando de lado la cordura.
Más
de 100 años han pasado desde que la institución era llamada “Asilo de mendigos
y huérfanos” y estaba a cargo de la Comisión de Damas de Beneficencia. En ese
entonces pretendía albergar y proteger a quienes lo necesitaran. Personas de todo
el país llegaban al lugar con esperanza de mejorar. Hoy, sin embargo, el
Hospital Psiquiátrico, dependiente del Ministerio de Salud Pública y Bienestar
Social, es conocido por deshumanizar a los internos, negándoles derechos que se
le garantizan al nacer. Las personas ya no esperan mejorías y los internos
mendigan buenos tratos.

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