viernes, 29 de septiembre de 2023

Mendigando dignidad en la clínica de los incoherentes

 


Por Fiorella Zárate

Los gritos desesperados de auxilio resuenan sin falta en la avenida Venezuela N° 1004 de Asunción, cada vez que el reloj marca las 07:00 pm. Cuando el horario de visitas termina y los familiares regresan a sus casas, dejando atrás el mustio edificio, los internos ven venir la peor parte de su día.

Para los vecinos del hospital psiquiátrico, son gritos ahogados por la costumbre; habituados a los lamentos, ya no los oyen y actúan indiferentes ante las inhumanas condiciones en las que, a pocos metros, coexisten los pacientes agudos y crónicos del único hospital mental público del país.

—Es un lugar en el que vas para destruirte y empeorar —sostiene Alex Gallagher, un joven diagnosticado con trastorno límite de la personalidad, que recuerda los 3 días y las 2 noches que pasó en el psiquiátrico como los más repulsivos y traumáticos de su vida.

Repasa en su mente la interminable danza de cucarachas que no le dejaban dormir en las paredes del repugnante calabozo.

—Había tantas que me cuesta recordar el color de la pared.

Aquellos días de finales de enero de 2021, una fría cama de concreto fue el único cobijo ante restos de desperdicio humano embarrados a lo largo del suelo. El aire nauseabundo hacía la estancia más difícil, pero lo verdaderamente macabro fue el brutal trato de los encargados, su falta de humanidad.

El inhóspito cuarto de hospital no solo albergó a Alex, fueron muchas personas las que pasaron por aquella celda que los médicos y enfermeros llaman sala de contención.

La mujer joven, que prefiere mantenerse anónima aferrándose a la poca dignidad que no pudieron quitarle en aquella clínica, no olvida los manoseos a su cuerpo y honra a los fue sometida.

—Sabía que pelearme con los encargados o exigir algo en ese lugar era para peor —dice la mujer con trastorno bipolar—. Gritaba exigiendo salir y me resistía con todo mi cuerpo, haciendo peso muerto mientras me llevaban 3 enfermeros; perdí el control de mi vejiga y uno de ellos me dijo: “me orinaste todo, loquita” para después manosearme.

El opresivo sentimiento de injusticia, rabia e indignación perdura en ella hasta hoy.

Recuerda que al escuchar esas palabras sintió mucha impotencia y rendición.

—Ya no sentí tristeza, ya no sentí ira, ya no sentí nada— expresa la mujer al rememorar la traumática experiencia.

Al igual que los vecinos, las autoridades no oyen, o fingen no escuchar, las terribles historias. El director del centro asistencial. El Dr. Aldo Castiglioni, desentendido de las denuncias de abuso por parte del personal del hospital, culpó de la mala atención a la precariedad de los insumos, la falta de infraestructura y al abandono de los últimos gobiernos. Admite la calidad deficiente, pero niega toda culpa, dejando de lado la cordura.

Más de 100 años han pasado desde que la institución era llamada “Asilo de mendigos y huérfanos” y estaba a cargo de la Comisión de Damas de Beneficencia. En ese entonces pretendía albergar y proteger a quienes lo necesitaran. Personas de todo el país llegaban al lugar con esperanza de mejorar. Hoy, sin embargo, el Hospital Psiquiátrico, dependiente del Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social, es conocido por deshumanizar a los internos, negándoles derechos que se le garantizan al nacer. Las personas ya no esperan mejorías y los internos mendigan buenos tratos.

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