Por Kevin Pereira
–La miro a mi hija y ella llora. «Se desvaneció jugando fútbol», me dicen. «Señora, vos no estás entendiendo», sentencia la doctora –relata Claudia, la madre del reciente fallecido.
***
Rodolfo
Núñez –o «Rolo», como solían llamarlo de cariño– se preparaba aquella calurosa
tarde de septiembre para ir a jugar un partido de fútbol de «exa» con sus ex
compañeros de bachiller.
Su
mamá solía reprocharle, medio en broma, medio en serio: «¡Dios mío!, Rolo, ¿en
la guardería no hay también “exa”?». Fue siempre, desde chiquito, futbolero
apasionado.
Entrando
a practicar el deporte a los tres años.
Pensaba,
imaginaba, soñaba, con ser futbolista profesional. Quizá jugar en el Club
Olimpia,
del cual era fanático. Sin embargo, con su familia –otra parte fundamental de
sus importancias en la vida– tomaron la decisión de priorizar el estudio,
debido a la difícil situación de destacar en el país a nivel profesional en el
fútbol.
No
menos apasionado, culminó sus estudios en el Colegio Técnico Nacional, en la
especialidad
de Electrónica. Viajó a Alemania a formarse y al volver comenzó a trabajar en
el área de electromedicina.
Claudia
cuenta, recuerda, anhela: «“Papi, ¿vas a venir a comer?”, y él me decía: “No,
mamá. Estoy en el hospital. Hay miles de pacientes que sus vidas dependen de lo
que hago”».
Se
preparaba, aquella calurosa tarde de septiembre. Era el día dieciséis del mes.
Tenía un compromiso de aquello lo apasionaba: el fútbol. Era el exa. Con sus
viejos amigos, los del colegio. Lo apreciaban mucho.
Eran alrededor de las cinco de la tarde mientras transcurría el partido. Rolo se sienta a descansar en un costado. Se apoya contra el vallado del complejo Arrayanes. De repente, cae desvanecido. Lo auxiliaron de inmediato. Llaman a los bomberos, a una ambulancia, a lo que hubiese. Llega al hospital y dan la trágica noticia: «Se desvaneció jugando fútbol».
***
Hijo, hermano, novio, padre, profesional, compañero, amigo. Son algunas de las muchas cosas que era Rolo.
Lo
recuerdan: «Era el que nos mantenía unidos, fuertes. El que ante cualquier
llamado estaba para nosotros. La fortaleza de la casa», recuerda, comenta,
confiesa, su hermana, Jazmín.
Lo
recuerdan: «Mamá, estoy en el bautista. Hay un problemita. Pero resuelvo en un
ratito, y hoy sí voy a comer contigo», recuerda, con dolor, Claudia.
Fue
ahí del bautista, donde le dijeron: «Señora, vos no estás entendiendo». Fue una
profesional, como lo era su hijo, quien le dijo: «Se desvaneció jugando fútbol».
Debía
ser un profesional comprometido como Rolo, quien debiera haber instalado el
equipo eléctrico en el Arrayanes.
Debían
de ser responsables, los dueños del complejo Arrayanes, al instalar
correctamente un equipo de electricidad. Y no dar explicaciones sin sentido:
«Él estaba mojado luego».
Con
mucha razón dice, reclama, exige Claudia: «¡Que no nos traten de tontos al
pueblo paraguayo!».
Más
que una tragedia, es una farsa. Rolo no murió por jugar fútbol, ni por estar
mojado, ni por un accidente, ni por un infarto. Rolo murió por la negligencia
de los dueños y encargados del complejo Arrayanes. Que su muerte no sea un caso
más de injusticia marcada en las negras páginas del país. Que se haga justicia,
para y por Rolo.

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