viernes, 29 de septiembre de 2023

Crónica de un asesinato en Pedro Juan

 


Por Jorge Figueredo

Luis Octavio Acosta, joven, periodista de Radio Imperio, se encuentra realizando su rutina laboral, en compañía de otras personas, transmitiendo un sorteo por el Día de la Juventud desde una farmacia ubicada en pleno centro de la ciudad de Pedro Juan Caballero, Amambay.

Es la tarde del jueves 21 de setiembre, desde el inicio de mes, semana tras semana, la duración de luz solar ha aumentado, y con la llegada de la primavera, es más intensa aún.

Nadie presagiaba lo que iba a ocurrir en esta avenida, la Mariscal López, sobrecargada de casas comerciales, con letreros de diversos colores y formas, automóviles estacionados que cubrían gran parte de la calle, y personas caminando por sus veredas.

Siendo casi las 16 horas, Luis interrumpe su modorra veraniega, escucha una primera ráfaga de disparos, a menos de una cuadra del lugar donde estaba.

Pum, Pum, Pum, Pum.

Segundos después, con otras personas sale a la calle, de nuevo empiezan los tiros: pum, pum, pum, y en ese instante ve a cien metros, frente al local del colegio Rosenstiel a una persona encapuchada, de camisa negra, y lo primero que en ese momento pasa por la mente de Luis  es: “aquí van a asaltar una casa de cambios, como los denominados Cangaço en el Brasil, que trabajan con gran cantidad de personas y que movilizan varios vehículos” y como tenía un celular en la mano empieza a filmar en vivo, cuando se nuevo escucha una ráfaga de disparos de arma de fuego y con una voz ronca por el miedo empieza a gritar: “¡un enfrentamiento, un enfrentamiento en la esquina del colegio Rosenstiel!”.

Una, dos, tres, cuatro personas con fusil corriendo frente a la casa de cambios, todos están enmascarados.      

Mientras aun el crimen no se había consumado, el periodista, a pesar que tiembla de terror, como un náufrago que se encuentra con tiburones en medio del océano, continúa transmitiendo con mucha valentía las circunstancias de los disparos que arreciaban en ese momento, que provenían cerca del colegio Rosenstiel, y una casa de cambios.

***

Conforme a las informaciones brindadas por diversos medios periodísticos, siendo las 16 horas de ese jueves 21 de septiembre hubo un enfrentamiento a tiros entre la víctima, Charles González Coronel, de 32 años, hijo del supuesto narcotraficante Clemencio “Gringo” González y un grupo de sicarios.

Charles quien estaba a bordo de un vehículo de la marca Jeep, chapa VCFT 622, en compañía de Jaime Verón Florentín, y Rony Justiniano Callaon, este último de nacionalidad boliviana, fueron seguidos por personas armadas cuando circulaba por la avenida Mariscal López. González intentó defenderse del ataque, respondiendo a los disparos, pero fue asesinado por los sicarios con cuatro disparos mortales con armas automáticas y fusiles de guerra, mientras sus acompañantes fueron heridos y están internados en u n Hospital de PJC.

La persecución con intercambio de disparos se dio hasta la entrada del local del colegio parroquial Rosenstiel, donde detuvo la marcha el vehículo en el que se encontraba la víctima, que ya no pudo seguir por los múltiples disparos que recibió en distintas partes del cuerpo.

Charles González recibió dos disparos en la cabeza, con pistola 9 milímetros; uno en el tórax y otro en la parte lumbar, estos últimos con fusil.

El periodista Luis Acosta, aun consternado por lo ocurrido, dijo que la víctima habría sido convocada a ir a la casa de cambios y que al salir de la misma fue acribillada por los sicarios. Lo que se desconoce es si fueron los propios verdugos, los que les citaron en la casa de cambios.  

Estaba estacionada una patrullera con agentes policiales en la esquina de un servicentro, a escasos metros del lugar del tiroteo, sin intervenir ni mucho intentar detener a los autores de los disparos.

Se limitaban a observar el hecho como si fuera una película de Hollywood, ―y se entiende, porque omitieron actuar― pues las armas de los policías eran insignificantes en relación a las armas con mayor poder de fuego que estaban utilizando los sicarios, pistolas automáticas, calibre 9 milímetros y fusiles de guerra 5.56. Este tipo de munición suelen utilizar las fuerzas armadas de la OTAN y aun numerosas naciones que no forman parte de ella.  

Luis Acosta, justificando el proceder de la policía, dijo “intervenir en estas condiciones solo con armas cortas, sería un suicidio para los policías y donde pudo haber más víctimas aún.”  

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Realizar un atentado de esta forma en el centro de PJC, no es casualidad, todo el operativo fue muy bien organizado y perfectamente funcional al objetivo. como un reloj suizo, pues como recalco Luis, “el crimen organizado transmitió un mensaje que puede hacer lo que quiera, donde quiera y la hora que quiera.”       

Luis, quien estuvo en medio de un fuego cruzado, sintió terror por lo ocurrido, estaba como en un ensueño y que recién después fue despertando: «Se les comprende a los agentes policiales, pero esto debe ser un llamado de atención a las autoridades policiales en la manera de distribuirse, de realizar controles y en la manera en que exponen a los agentes policiales»

El padre del fallecido, Clemencio “Gringo” González, llego al lugar del hecho, minutos después del crimen, acompañando el procedimiento policial, evitó todo contacto con la gente, tenía una mirada perdida, fría, de impotencia, con las manos en los bolsillos en todo momento. Ya nada podía hacer. No reclamo ni exigió nada a las autoridades. Su silencio era más expresivo que cualquier palabra que pueda expresar.

Su silencio denotaba resignación, una tristeza inmensa, profunda. El solo estaba físicamente allí, pero su dolor era inmenso. Sabía que una vez consumado el crimen, como tantas familias lo han vivido en esta ciudad fronteriza, cualquier acción que pueda emprender sería inútil.  Soldados del crimen organizado al servicio de la mafia habían asesinado a su hijo a sangre fría, la calle estaba llena de policías y curiosos, donde los investigadores solo recogían las evidencias, de manera mecánica y burocrática, mientras la ciudad seguía con sus actividades comerciales normales, como si nada hubiese sucedido.    

***

No es Palermo, cuna de la Cosa Nostra siciliana, la verdadera estructura de poder denominada Mafia. No es Calabria, sede central de la patrona mundial del tráfico internacional de drogas, la Ndrangheta italiana. No es Nápoles, hogar de la organización criminal denominada Camorra. No es Puglia, lugar de origen de la asociación criminal conocida como Sacra Corona Unita.

Es Pedro Juan Caballero, una de las ciudades más importantes del Paraguay. Se la conoce como la terraza del país, al estar a 700 metros sobre el nivel del mar, tiene un clima subtropical, con calor húmedo predominante durante el verano, a la noche casi siempre hay niebla por la altura de la ciudad. A lo largo de las últimas décadas, en sus principales avenidas y calles, mucha sangre se ha derramado, por los sicarios del crimen organizado al servicio de la mafia.

Ya no somos una isla, esa isla rodeada de tierra que Augusto Roa Bastos tan bien lo definía en sus crónicas al describir los infortunios del Paraguay. Lamentablemente se ha globalizado el mal, mientras nuestros verdugos operan con tecnología del siglo XXI, nosotros aun operamos con herramientas del siglo pasado.

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