Por Amanda Cañiza
El
pulso puede verse latiendo en la muñeca, en el cuello, un movimiento sinuoso.
El hombre se remueve en la silla.
El
cuarto está en penumbras, solo alumbrado por una lampara que cuelga del techo, creando
un halo que cubre una mesa pequeña con dos sillas a cada lado.
En
un extremo, el nervioso hombre. Del otro, también un hombre, pero más robusto,
canoso. Junto a él un monitor del cual provienen varios cables que se conectan
a una cinta ancha que rodea el brazo por encima del codo. Sobre el pecho, como
si fuera un pulpo rodeándolo con los tentáculos, más cables, esta vez, más
gruesos.
―Esta
prueba está a punto de comenzar, por favor quédese quieto, mire hacia delante,
escuche cada pregunta, luego responda con la palabra “no”. No se mueva y
relájese― dice el hombre
canoso.
El
hombre nervioso suspira.
―Ni siquiera esa
respiración profunda― agrega.
El
hombre canoso, con la vista clavada en el monitor, comienza a preguntarle cuál
es su apellido ofreciéndole varias opciones.
A
cada oportunidad el hombre responde: No.
―Ya. Ya te caché.
El
hombre canoso se relaja y sonríe.
El
hombre, antes nervioso, también parece relajarse.
Cuando
las luces se encienden, el pulcro uniforme de la policía nacional reluce en él.
El
tabú del polígrafo
Tal
vez cuando alguien menciona la palabra “polígrafo”, a uno se le vendrá a la
mente aquella escena detectivesca en el cuarto oscuro, donde algún policía
intolerante exige respuestas al sospechoso, golpeando la mesa con el puño,
mientras la tecnología rudimentaria similar a una máquina de escribir garabatea
los latidos del interrogado en una película de papel que se extiende sin fin.
Bien.
La anécdota antes mencionada sucedió. Sin embargo, no como se lo imagina. No
tan dramática. Fue en un estudio de televisión. Un 22 de setiembre, cuando
Fernando Rojas, perito polígrafo, enseño cómo funciona este artefacto, ya que
próximamente será utilizado en la evaluación para que efectivos de la policía
Nacional sean promocionados y puedan ocupar cargos dentro de la nueva cúpula
policial.
Enrique
Riera, ministro del interior, fue quien impulsó la idea con el fin de
“recuperar” la confianza en la institución.
―No podemos, por culpa de unos cuantos. culpar a toda una institución―, dijo.
***
Un
día cualquiera en la Republica del Paraguay.
Calor.
En un copetín de la ciudad de Concepción entra un joven. La remera es negra, el
“kepis” gris, una bermuda y zapatos cerrados.
Se
acerca al mostrador y pide algo, ¿una empanada? ¿un sándwich? Se lo dan.
Parece
disponerse a comer, pero se detiene. Toma un poco de alcohol en gel de la
botella que está sobre el mostrador.
Al
girar la cabeza ve entrar a un hombre con ropa deportiva, la remera sin mangas
demuestra los musculosos brazos tatuados. Su mirada esta clavada en él.
Confundido deja la botella nuevamente sobre el mostrador. El hombre musculoso
camina decididamente en su dirección.
Presiente
cierta amenaza que fluye hacia él. Aun sin entender, levanta los brazos
instintivamente cuando el otro se posiciona a un costado suyo.
De
repente, sin mediar palabra, uno de aquellos fornidos bíceps se enroscó
alrededor de su cuello, mientras el otro lo presiona en un movimiento digno de
un combate de judo. Cuando se siente caer, lo arrastra afuera.
Las
dos mujeres que atienden el copetín y los dos hombres sentados en una esquina,
no pueden más que mirar incrédulos lo sucedido. Nadie se mueve.
Álvaro
Torres sostiene a quien él cree es el ladrón que le roba los focos del gimnasio,
hasta que llegue la policía para detenerlo, no sin antes descargar la rabia e
impotencia que siente.
No
era la primera vez que pasaba, ya lo había denunciado. Los vecinos también. La
policía no hizo nada.
―Solamente hice lo que todo ciudadano harto va a hacer―, dijo.
***
Creer
o no creer
¿Qué
es la verdad y qué es la mentira?
¿Dependen?
¿De qué?
¿Puede
un polígrafo cambiar la opinión de los ciudadanos con respecto a la imagen
pública de los policías?
¿Se
soluciona solo con transparencia las deficiencias de un país con crisis en el
tema de inseguridad?
¿Tendría
usted más confianza en un policía que ha pasado por el test?
¿Es
tan solo este un hilo burocrático más, para tranquilizar momentáneamente a las
masas?
¿Qué
es más verdad que los hechos mismos antes que las palabras?
Mientras
tanto, Álvaro y muchos otros vecinos, suyos y de esta autora, continuaran
haciendo justicia por mano propia.

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